El consumo de drogas sintéticas, prácticamente marginal en Cuba hasta hace pocos años, se ha convertido en un fenómeno creciente que preocupa a las autoridades sanitarias y de seguridad.
La combinación de crisis económica, precariedad social y la llegada de sustancias baratas y difíciles de detectar ha transformado el panorama de las adicciones en la isla, donde el “químico” —cannabinoides sintéticos mezclados con otros compuestos— se ha convertido en la droga más extendida entre los jóvenes.
El “químico”, también conocido como papelito, se vende por unos 250 pesos cubanos, un precio inferior al de productos básicos como una bolsa de pan. Su bajo costo y su facilidad de acceso han contribuido a su rápida expansión en barrios urbanos de La Habana y otras ciudades, donde ya es común ver a jóvenes afectados por su consumo en espacios públicos.
Las autoridades cubanas reconocen que el país no es productor ni centro de acopio de drogas, pero admiten que enfrenta un aumento sostenido en la entrada de sustancias sintéticas procedentes principalmente de Estados Unidos. En el último año, los laboratorios policiales identificaron 46 nuevas fórmulas, algunas mezcladas con carbamazepina, formol o incluso fentanilo, lo que incrementa los riesgos sanitarios. Entre 2024 y 2025 se frustraron 72 intentos de introducir drogas al país desde 11 orígenes distintos, una señal de la diversificación de rutas y métodos de contrabando.

El gobierno mantiene una política de tolerancia cero, con penas que pueden llegar a la cadena perpetua para delitos de narcotráfico. Sin embargo, la naturaleza cambiante de las drogas sintéticas —fáciles de transportar, de producir en pequeñas cantidades y de modificar químicamente— plantea un desafío distinto al de décadas anteriores, cuando el principal problema eran los “recalos” de cocaína abandonados en alta mar.
El fenómeno se desarrolla además en un contexto político complejo. La cooperación antidrogas con Estados Unidos, establecida en 2016 durante el acercamiento entre Raúl Castro y Barack Obama, quedó prácticamente paralizada tras el primer mandato de Donald Trump, lo que redujo los canales de intercambio de información. A ello se suma un escenario regional marcado por el auge de los opioides y las drogas sintéticas, cuya producción y tráfico han aumentado en todo el continente.
La crisis económica interna —con inflación, escasez y deterioro de servicios— también ha creado un terreno fértil para la expansión del consumo. La falta de oportunidades laborales y la precariedad cotidiana empujan a muchos jóvenes hacia sustancias baratas que ofrecen un escape inmediato, aunque con consecuencias graves para la salud. El sistema sanitario, ya tensionado, enfrenta un aumento de casos de intoxicación y dependencia, mientras instituciones estatales y organizaciones religiosas intentan ofrecer apoyo y rehabilitación.
El avance del “químico” revela una vulnerabilidad social que Cuba no había experimentado con esta intensidad y que obliga al Estado a adaptar sus estrategias de prevención, control y tratamiento en un escenario donde las drogas sintéticas evolucionan más rápido que las capacidades institucionales para contenerlas.