El misil hipersónico Fattah, capaz de alcanzar Mach 15 está poniendo a prueba la capacidad defensiva de la Armada de Estados Unidos. Estados Unidos confía en el interceptor SM‑6 para proteger sus portaaviones, pero la reciente retirada del USS Abraham Lincoln tras un ataque iraní reaviva el debate sobre si la defensa naval estadounidense está preparada para esta nueva amenaza.
El arma, presentada por Irán en 2023 y mejorada en su versión Fattah‑2, combina velocidad extrema, maniobrabilidad y un planeo hipersónico errático que dificulta su detección y seguimiento. Con alcances que oscilan entre los 1.400 y los 1.500 kilómetros y una trayectoria impredecible, el Fattah se ha convertido en una amenaza directa para los portaaviones estadounidenses desplegados en la región.
Frente a esta nueva generación de misiles, Estados Unidos confía en el Standard Missile‑6, su interceptor más avanzado y el único probado en combate capaz de realizar defensa antimisiles en fase terminal. Aunque el SM‑6 vuela a Mach 3,5, muy por debajo de la velocidad del Fattah, su estrategia se basa en interceptar el proyectil en los últimos segundos de vuelo, cuando desciende hacia el objetivo y pierde parte de su capacidad de maniobra. Durante las operaciones en el mar Rojo, los destructores estadounidenses lanzaron 80 SM‑6 y lograron una tasa de éxito del 100 % contra misiles balísticos antibuque, demostrando la eficacia del radar activo del interceptor incluso bajo interferencias electrónicas.
Sin embargo, la defensa no está exenta de limitaciones. Cada SM‑6 cuesta alrededor de 4,3 millones de dólares y los comandantes suelen disparar dos por cada amenaza para asegurar la destrucción. Un destructor equipado con el sistema Aegis transporta unos 90 misiles, lo que lo hace vulnerable a tácticas de saturación como el lanzamiento simultáneo de drones y misiles de crucero, una estrategia que Irán ha empleado en conflictos recientes para agotar las defensas antes de desplegar armas más avanzadas.

La tensión aumentó en las últimas semanas tras el ataque iraní contra el portaaviones USS Abraham Lincoln, que según fuentes del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica fue alcanzado por cuatro misiles de crucero cuando navegaba a unos 300 kilómetros de la costa iraní, frente a Chabahar. Aunque Washington niega daños o amenazas reales, la retirada del grupo de ataque hacia el sureste del océano Índico ha alimentado las dudas sobre la vulnerabilidad de los portaaviones ante un ataque coordinado. Analistas militares señalan que la decisión de replegarse se tomó tras el informe directo del comandante del portaaviones, lo que contradice la versión oficial estadounidense.
A pesar de su creciente capacidad ofensiva, Irán ha evitado cruzar la línea roja que supondría atacar de forma decisiva a un portaaviones estadounidense. Dañar o hundir uno de estos buques equivaldría a un casus belli automático. Para Washington, un portaaviones es un símbolo de hegemonía y un elemento sagrado del poder militar estadounidense. Un ataque directo unificaría a todas las facciones políticas en torno a una respuesta devastadora, del mismo modo que el ataque a Pearl Harbor en 1941 transformó la política exterior de Estados Unidos. En el contexto actual, con Donald Trump en la Casa Blanca, los analistas advierten de que un golpe de ese calibre podría desencadenar una declaración formal de guerra contra Irán.
Mientras tanto, los servicios de inteligencia occidentales han detectado el desplazamiento de nuevos lanzadores móviles del Fattah‑2 hacia zonas estratégicas de Irán, así como un refuerzo de la presencia naval estadounidense en el mar Arábigo. El USS Abraham Lincoln continúa operando, aunque a mayor distancia de la costa iraní, y varios aliados de Washington han solicitado acceso prioritario a los datos de seguimiento del misil hipersónico. La rivalidad entre ambos países entra así en una fase decisiva, marcada por la incertidumbre sobre si el SM‑6 será capaz de detener al arma más rápida y avanzada del arsenal iraní en un escenario real de conflicto.