Mientras el mundo observa la guerra de Irán y sus efectos sobre la energía y la seguridad internacional, China ha optado por concentrarse en una batalla distinta: la carrera tecnológica que mantiene con Estados Unidos.
La Asamblea Popular Nacional cerró su sesión anual con la aprobación de un plan quinquenal que sitúa la autosuficiencia tecnológica en el corazón del proyecto nacional, un gesto que confirma que la rivalidad con Washington es hoy el principal motor de la estrategia china.
El mensaje oficial es que China representa un factor de estabilidad en un mundo convulso, pero bajo esa narrativa late una urgencia: reducir la vulnerabilidad frente a las restricciones estadounidenses en semiconductores, inteligencia artificial y cadenas de suministro críticas. Desde que Estados Unidos impuso controles a la exportación de chips avanzados y presionó a sus aliados para limitar la transferencia de tecnología, Pekín ha acelerado su inversión en investigación, manufactura y capacidades propias. El plan quinquenal aprobado con 2.758 votos a favor refleja esa determinación: más fondos para inteligencia artificial, robótica, computación cuántica y materiales estratégicos, y un esfuerzo explícito por cerrar brechas tecnológicas que condicionan el crecimiento futuro.
La visita que Donald Trump realizará a Beijing en tres semanas añade tensión a un escenario ya cargado. Aunque los comunicados oficiales evitaron mencionarlo, sus políticas arancelarias y su uso de la fuerza militar en distintos escenarios han contribuido a un clima internacional más volátil. Pekín, que defiende públicamente el orden multilateral surgido tras la Segunda Guerra Mundial, insiste en que ese sistema debe reformarse para reflejar el peso de las economías emergentes, una forma de cuestionar la hegemonía estadounidense sin confrontación directa.
El plan quinquenal también fija un objetivo de crecimiento del 4,5% al 5% para 2026, una meta moderada que permite al gobierno priorizar la transformación estructural sobre los resultados inmediatos. Muchos economistas sostienen que China debería impulsar el consumo interno para equilibrar su modelo económico, pero las autoridades han optado por una estrategia gradual: ampliar la seguridad social y mejorar las prestaciones, mientras los recursos principales se destinan a sectores tecnológicos considerados estratégicos para la competencia global.
En materia climática, el documento mantiene una postura conservadora al comprometerse solo a reducir la intensidad de emisiones, no las emisiones totales. Aunque China es el mayor emisor del mundo, su liderazgo en energías renovables convive con la construcción de nuevas centrales de carbón, una contradicción que refleja la prioridad absoluta de garantizar seguridad energética en un contexto de rivalidad geopolítica.

La Asamblea también aprobó una nueva ley sobre minorías étnicas que refuerza la visión de Xi Jinping de una identidad nacional unificada, una medida que analistas internacionales interpretan como parte del fortalecimiento del control político interno. En paralelo, las propuestas para ampliar las vacaciones pagadas y reconocer un “derecho al descanso” han captado la atención pública, reflejando la presión social por mejorar la calidad de vida en un país donde la competencia laboral es intensa.
El resultado final es un plan que combina ambición tecnológica, prudencia económica y consolidación política. China quiere presentarse como un actor estable en un mundo incierto, pero su estrategia revela una realidad más profunda: la convicción de que el liderazgo global del futuro se decidirá en los laboratorios, las fábricas de chips y las plataformas de inteligencia artificial, no en los campos de batalla tradicionales. Y en esa carrera, Pekín no está dispuesto a quedar atrás.
